Yedy Israel, académico que lidera la investigación, explica que “a diferencia de otros tratamientos, este no produce rechazo. No estamos penalizando a la persona para que tenga una reacción antialcohólica, sino que estamos logrando que ya no necesite beber”.

En diciembre de 2019, el Ministerio de Salud reveló los resultados del estudio “Prevalencia de consumo de alcohol en Chile” con cifras alarmantes: uno de cada 10 chilenos presentó un consumo riesgoso y cerca de 260 mil personas tuvieron algún tipo de trastorno por su uso durante los últimos 12 meses. A esto se suma una encuesta realizada por la revista médica “The Lancet”, donde se estableció que el consumo de alcohol aumentó en un 70% a nivel global, mientras que Chile superó en un 40% el promedio. 

Las estadísticas de los últimos meses aún son preocupantes. El pasado 8 de julio, el Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol (SENDA), realizó una encuesta para evaluar el uso de alcohol durante la pandemia y los datos mostraron que un 21,4% de las personas reconoció un aumento en su consumo.

Frente a esta realidad nacional e internacional, el académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, Yedy Israel, desarrolló un proyecto innovador junto al doctor Fernando Ezquer y otros pares de la Universidad del Desarrollo (UDD).

Un fenómeno pavloviano

El doctor ruso, Iván Pávlov, buscaba estudiar los reflejos condicionados por estímulos. Para comprobar esto, hacía sonar una campana cada vez que le daba de comer a su perro. De esta forma, el animal asoció ese sonido con la acción de comer. Además, el científico se dio cuenta de que solo al escuchar el sonido, su mascota empezaba a salivar.

Yedy Israel explica que la adicción al alcohol se asemeja a esta dinámica. “Se produce un efecto biológico donde el cerebro capta como si estuvieras tomando alcohol con solo verlo. Para evitar esto, necesitamos crear un compuesto antiinflamatorio y antioxidante, entendiendo que estos fenómenos perpetúan en la memoria lo agradable que le pareció a la persona beber. Esto incentiva que pase del ‘me gusta’ al ‘lo necesito’”, señala. 

Para crear este compuesto, Israel junto a su equipo investigador utilizan grasa obtenida de los procedimientos de liposucción, la que es facilitada por un equipo de la UDD. El proceso consiste en disgregar el tejido adiposo para aislar las células madre mesenquimáticas presentes en él, para luego limpiarlas y activarlas químicamente, de modo que produzcan sustancias antiinflamatorias y antioxidantes que ya no tienen células.

El proceso ha sido probado con éxito en ratones de laboratorio y se espera que se licencie para que una empresa privada comience con las pruebas en humanos. El académico Yedy Israel explica que “a diferencia de otros tratamientos, este no produce rechazo. Es importante destacar que no estamos penalizando a la persona para que tenga una reacción antialcohólica, sino que estamos logrando que ya no necesite beber”. 

En esta línea, el investigador detalla que las personas con desórdenes en el consumo de alcohol pueden dejarlo y aprender a beber con el tiempo. “Lo que la gente no entiende es que estos problemas tienen diferentes grados y que no todos van a tener desórdenes de por vida. La palabra alcoholismo se dejó de usar, pues es un concepto que no mide el nivel del desorden. En mi opinión y considerando varias décadas de estudios, tres cuartas partes de la población con problemas de alcohol no lo tendrá de por vida”, concluye.